El remedio keynesiano

sábado, 5 de abril de 2008

Hace algunos apareció en el portal de Proyect Syndicate el artículo que reproducimos a continuación del profesor Bradford De Long. Lo hacemos porque el ensayo de este destacado economista explica con gran claridad cuales son las fuerzas que han determinado, en los últimos quince años e indica cómo las mismas pierden fuerza y vigor. En la parte final, del artìculo se indica lo que sería necesario hacer para evitar una larga y prolongada depresión final. Resulta particularmente los comentarios que hace el autor sobre el posible uso del comercio exterior como remedio de la recesión, pues el mundo actual hay una gran predisposiciòn a olvidar que el aumento de las exportaciones no produce un aumento de la damanda mundial sino una mera redistribución de la misma entre las distintas regiones. Como bien conocen los especialistas en historia económica mundial, cualquier intento en este sentido puede provocar el desplome de la globalización. Por esta razón, el autor propone como remedio el aumento global del gasto público y de la inversión privada en todo el mundo. Desafortunadamente, una política económica coordinada puede ser poco probable. No cae en la cuenta, Brad De Long, que los últimos veinte años se extendió en el mundo un discurso neoliberal y que este aún domina la visión del mundo de los encargados de ejecutar las políticas económicas. Será , en efecto, este insensato discurso el que provocará l la ejecución de políticas económicas que en vez de expandir la demanda mundial terminen reduciéndola.

by J. Bradford DeLong




BERKELEY. Todavía no es seguro que la economía mundial esté condenada a vivir una recesión sustancial en los siguientes tres años, más o menos: aún podemos escapar. Sin embargo, los gobiernos deben ir a la segura tomando ya más medidas que amortigüen, suavicen y acorten el periodo de alto desempleo y crecimiento lento o negativo que ahora parece muy probable.

Es un hecho de la naturaleza –al menos de la humana- que las políticas prudentes y apropiadas de hoy después parezcan excesivas. En algún momento la economía mundial empezará otra vez a expandirse rápidamente. Pero sería muy imprudente asumir que ese momento ha llegado y que las cosas no pueden empeorar.

Tal vez la mejor manera de ver la situación sea recordar las tres locomotoras que han impulsado la economía mundial en los últimos quince años. La primera fue la de las grandes inversiones, centradas en Estados Unidos, debidas a la revolución de la tecnología de la información. La segunda fue la inversión inmobiliaria, otra vez centrada en Estados Unidos, impulsada por la expansión de la vivienda. La tercera fue la inversión manufacturera en otras partes del mundo –predominantemente en Asia- a medida que Estados Unidos se fue convirtiendo en el importador de último recurso de la economía mundial.

Durante quince años esas tres locomotoras mantuvieron a la economía mundial cerca del pleno empleo y creciendo aceleradamente. Cuando el auge de la alta tecnológica culminó en 2000, la Reserva Federal diseñó su reemplazo con la expansión de la vivienda, mientras que la inversión en Asia para abastecer a Estados Unidos avanzaba a un ritmo creciente.

Muchos se quejan ahora de la administración monetaria de Alan Greenspan, que mantuvo andando a las tres locomotoras: “provocador serial de burbujas” es la frase más amable que he escuchado. Sin embargo, ¿estaría realmente mejor la economía mundial con una política monetaria diferente que mantuviera el desempleo en Estados Unidos en un promedio del 7% en lugar del 5%? Sin los 300 mil millones de dólares anuales de demanda estadounidense de manufacturas provenientes de Europa, Asia y América Latina, ¿la economía mundial verdaderamente estaría mejor?

Sin embargo, la primera locomotora se quedó sin combustible hace siete años y no se vislumbra un sector líder alternativo impulsado por la tecnología, como el de la biotecnología, que pueda inspirar una exuberancia similar, racional o no. La segunda locomotora empezó a tragar humo hace dos años y ahora se está deteniendo, lo que significa que la tercera –Estados Unidos como importador de último recurso- también está perdiendo velocidad: el dólar débil que acompaña a la quiebra financiera de la vivienda no hace rentables las exportaciones a Estados Unidos.

La economía mundial, como dijo John Maynard Keynes hace 75 años, está desarrollando problemas en el alternador. Lo que se necesita es un empujón –más demanda agregada. En Estados Unidos, el dólar débil dará un poderoso impulso a las exportaciones netas y por consiguiente a la demanda agregada. Sin embargo, si se considera al mundo como un todo, las exportaciones netas son un juego de suma cero. Por lo tanto, tendremos que recurrir a otras fuentes de demanda agregada.

La primera fuente es el gobierno. La prudencia fiscal es tan importante como siempre a mediano y largo plazo. Pero en los próximos tres años, los gobiernos deben disminuir los impuestos –sobre todo para los pobres, que son los que con más probabilidad gastarán—y gastar más.

La segunda fuente es la inversión privada. Los bancos centrales del mundo ya están recortando las tasas de interés de los activos seguros y las recortarán más conforme se haga clara la proximidad y magnitud de la probable depresión global.

Pero las tasas de interés bajas son totalmente compatibles con el estancamiento o la depresión si las primas de riesgo permanecen altas –como lo averiguó el mundo en los años treinta y como Japón lo descubrió de nuevo en los noventa. La tarea más difícil para los gobiernos es impulsar la capacidad del sector privado para soportar riesgos de manera que las empresas tengan acceso al capital en condiciones que las alienten a ampliarse.

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